Érase una vez una niña llamada Amelia que vivía en un pueblo entre las majestuosas montañas y los bosques encantados. La gente del pueblo la adora por su benevolencia, exuberancia juvenil y amor apasionado por los animales.

Tenía un compañero llamado Max, un zorro de juguete que había sido rescatado de la trampa de un cazador. Su vínculo no era sólo amistad sino respeto y comprensión mutuos. Se volvieron inseparables, exploraron los misterios del bosque y agregaron alegría a su vida pacífica.

Un fatídico día, una vidente cubierta con un misterioso manto llegó a su pueblo. Los susurros de su llegada se extendieron como una suave brisa, despertando la curiosidad de la gente del pueblo. Llevaba noticias de una profecía que tenía sus raíces en textos antiguos y se transmitía de generación en generación. No era una profecía cualquiera, sino que hablaba de un raro evento celestial que ocurre sólo una vez cada mil años: un arco iris lunar. Este fenómeno divino no fue solo un arco iris sino un faro de esperanza, con el poder de conceder un deseo a quienes realmente lo merecen.

Como una chispa en un bosque seco, la noticia del acontecimiento celestial encendió un frenesí de anticipación y emoción. Todos, desde el niño más pequeño hasta el mayor, están dispuestos a pedir sus deseos más profundos. Sin embargo, Amelia tenía un plan diferente. Buscó el arcoíris por una razón altruista. Deseó el bienestar y la prosperidad de todas las criaturas del bosque.

Cuando llegó la noche del evento, miles de personas se reunieron en la plaza del pueblo. Sin embargo, lo que destacó fue el corazón entusiasta y generoso de Amelia. El arcoíris lunar apareció y la tocó suavemente, radiante del amor que tenía por sus compañeros del bosque.

Cuando la luz del arco iris envolvió la ciudad, una ola de transformación surgió en el aire. Llegó a cada rincón del bosque, a cada rincón de la ciudad, y tocó a cada criatura. Cuando disminuyó, su ciudad y el bosque cercano se transformaron en una utopía para sus residentes. Los frutos crecían en abundancia, los manantiales siempre estaban llenos, los animales retozaban en armonía y la vida de la gente de la ciudad era próspera.

Amelia se convirtió en un faro de amor a través de su deseo desinteresado, simbolizando la profunda unidad y armonía entre la humanidad y la naturaleza. Ella y Max pasaban sus días en la dicha del próspero bosque, viviendo la vida pacífica que siempre habían anhelado. La ciudad recordó esto como la historia del arco iris lunar, una historia de amor generoso y deseo altruista.

La publicación La frontera eufórica apareció por primera vez en SalarsNet.

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